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El fin del mundo

El fin del mundo - Alejandro Dolina
Una idea que, desde luego, impresionó a todos los pueblos de la Antigüedad y a los de hoy en día también.
Los filósofos griegos creían que el Universo era eterno. Pero al examinar el lugar donde nos toca vivir, les parecía vulnerable, bastante destructible. Así que no sabían qué pensar al respecto.
Los romanos directamente tenían poca fe en la perdurabilidad de lo existente. Luciano, en La Farsalia, opina que el mundo se convertirá más tarde o más temprano en una hoguera. Lo mismo opinaba Ovidio en Las Metamorfosis y Cicerón en su libro De la naturaleza de los dioses.
Ovidio en Las Metamorfosis que el mundo se iba a prender fuego.
Los estoicos también creían esto. La física de los estoicos es una física un poco absurda, pero en todo caso nos permite saber que ellos esperaban un incendio destructor. Los estoicos tenían una física que indicaba la teoría de que todo lo húmedo tenía a secarse. Pensaban que el mundo era una especie de sábana puesta a secar en el Cosmos, y que más tarde o más temprano los océanos iban a desaparecer; entonces un mundo bien seco, como una hoja de otoño, iba a ser presa de las llamas. Creían todos que el fuego iba a vencer al agua.
Lo que sí sorprende es que Newton, muchos siglos más tarde, opinara lo mismo que Cicerón. Engañado por un falso experimento de Bayle, creyó que a la larga la humedad del globo se iba a secar.
En el Asia Menor también se pensaba lo mismo, a saber que el mundo va a terminar a causa de un incendio. Los judíos participaron también de este terror. Por eso no se sorprendieron cuando Jesús les decía (según san Mateo y San Lucas):
“El cielo y la Tierra pasarán, y el reinado de Dios, que se acerca, perdurará.”
San Pedro anunció que el fin del mundo estaba cerca. Esta idea es muy cristiana. Los primeros predicadores cristianos anunciaban que el fin del mundo estaba cerca. San Lucas, por ejemplo, decía:
“Se verán signos en la luna y en las estrellas. Se oirán ruidos en el mar y en los ríos. En verdad os digo que no se extinguirá la generación presente sin que esto se realice.”
O sea que creían que era una cuestión de días, de meses o de años, pero no de siglos. Según estos dictámenes, el mundo debía terminar en el imperio de Tiberio; y si no en el de Tiberio, en el de Calígula o Claudio; a más tardar en el de Nerón.
Las predicciones no se cumplieron. Sin embargo, los pueblos siguieron esperando el fin del mundo. Durante diez siglos, los frailes recibían incluso hasta donaciones de gente que quería salvar su alma pensando que el final se acercaba. El temor obligaba a muchos a desprenderse de sus tierras y algunos las entregaban a los conventos.
En el otro extremo del mundo, los brahmanes no estaban tan apurados. Sus cronologías, como sabemos, son tan largas que casi resultan una metáfora de lo perpetuo. Recuérdese la montaña de 100.000 leguas de altura. Cada 100 años, un pájaro vuela cerca de la cima y lo roza con un ala. Cuando este roce desgaste la montaña entera, se habrá cumplido apenas un día en la vida de Brahma. Un día en la vida de Brahma es un calpa, cuya duración es de 4.320.000 años.
Hay que decir que en la cultura hindú se habla de las cuatro edades que surgen de los Ciclos Mayores: eran la Edad de Oro, la de Plata, la de Cobre y la de Hierro. Estas cuatro edades van reduciendo la altura de la estatura humana. Durante el período de duración de un calpa, la vida humana va aumentando su duración: cada 100 años aumenta un año. Hay que imaginar todos los millones de años que dura un calpa. Como la altura del ser humano cambia, al empezar un calpa uno es muy pequeño; pero la máxima altura es 8.400 metros. En el período de decadencia de un calpa, la estatura se reduce hasta un mínimo de un pie y viven 10 años los petisos. Ambas estaturas son incómodas.
Los egipcios fijaron la fecha del fin del mundo a los 36.500 años cumplidos.
Orfeo estableció 100.020 años.
Sin embargo, fue opinión admitida durante mucho tiempo entre los cristianos que el mundo iba a durar solamente 1.000 años más después de Cristo, porque las almas del Purgatorio purgaban en ese tiempo y porque las almas de los egipcios volvían a sus cuerpos en ese mismo período.
San Juan el Evangelista profetizó el restablecimiento de Jerusalén, la Jerusalén celeste, después de 1.000 años. La nueva Jerusalén de los 1.000 años tendría 12 puertas, en memoria de los apóstoles. Su forma era cuadrada y tanto su longitud, su anchura y su altura debía ser exactamente de 12.000 estadíos, o sea 500 leguas, 250 kilómetros de largo, de ancho y de alto. Es decir, era un cubo. Voltaire razona que debía ser muy desagradable vivir en el último piso de ese edificio. Esto es lo que dice el Apocalipsis en el capítulo 21.
San Justino fue el primero que declaró que el Apocalipsis había sido escrito por San Juan. Pero muchos recusaron su testimonio. Al parecer, Justino era un poco imaginativo. Cuenta por ejemplo que cuando Jesucristo descendió al Jordán, hizo hervir las aguas del río y las inflamó, hecho que no se cita en ningún otro escrito.
San Irineo también opina en favor de San Juan. Irineo era el que opinaba que no debía haber más de 4 Evangelios, porque son 4 las partes del mundo y los 4 vientos cardinales.
Tertuliano fue uno de los partidarios del plazo de los 1.000 años para la destrucción del mundo y también creía en la nueva Jerusalén. Aseguraba que esta ciudad celeste ya estaba formándose en el aire y que los cristianos de Palestina y hasta los pájaros lo habían visto al terminar la noche; al amanecer se vislumbraba la construcción de la Jerusalén celeste.
San Dionisio de Alejandría, por el contrario, dice que todos los doctores de la Iglesia rechazan el Apocalipsis por ser un libro falto de razón. Y añade que no lo escribió San Juan sino un tal Serinto. Se cuenta que san Dionisio era un hombre de pésimo humor.
Los que conocieron a San Juan el Evangelista decían cosas muy sorprendentes de él: después de muerto se aseguraba que se movía dentro de la fosa, que no estaba muerto del todo y que hacía levantar y bajar la tierra que lo cubría. Pero también decían que no había escrito el Apocalipsis.
Finalmente, la Iglesia decidió como indudable —después de una ardua reunión— que San Juan fue el autor del Apocalipsis y de esta decisión no es posible apelar. Así que tomamos por cierta esta declaración.
Los católicos y los protestantes han explicado el Apocalipsis interpretándolo a su favor. Sobre todo hicieron maravillosos comentarios respecto la Gran Bestia que tenía 7 cabezas y 10 cuernos. Se decía también que tenía pelo de leopardo, los pies de oso, la boca de león, la fuerza del dragón y cuyo número es el 666. Josué supuso que la bestia era Diocleciano, el emperador que persiguió a los cristianos. Otros creyeron que era Trajano. Un cura de San Sulpicio que se llamaba La Getardie, probó que la bestia era Juliano. Otros dijeron que la bestia era el papa; y un predicador demostró que era Luis XIV.
También promovieron disputas las estrellas que caían a la Tierra. Hubo también muchísimas opiniones respecto al libro que un ángel hizo comer al autor del Apocalipsis, que fue “dulce para la boca y amargo para el vientre”.
El caso es que cada comunión se atribuyó las profecías del libro. Los ingleses creen que ese libro habla de las revoluciones de Gran Bretaña. Los luteranos hablan de haber encontrado en el Apocalipsis las perturbaciones de Alemania. Los reformistas de Francia, el reinado de Carlos IV (que fue el de la Noche de San Bartolomé). Y hasta Graves pensó que la bestia era Nerón: escribió en números romanos la cifra 666 y le dio lo siguiente:
DCLXVI
Es decir una D, una C, una L, una X, una V y una I, y le dio Domitius Caesar, que era el verdadero nombre de Nerón, una L que no sabemos, Xristus Viliter Interfequir, que quiere decir «Domitius Caesar Vilmente Asesinó a Cristo». Esto es más bien una consideración poética de Graves que tiene tanto rigor como las otras, que se dicen científicas.
El mundo no se ha terminado. O mejor dicho: sí se ha terminado si hacemos caso a los aztecas, porque ellos decían que el mundo había sido destruido cuatro veces ya y no solamente una. Los soles terminaron todos, y terminaron además en una fecha que siempre lleva la cifra 4 que es nefasta. Cada mundo ha durado un número de años que está relacionado de algún modo con los números 13 (trece) y 52 (cincuenta y dos), según decían los aztecas:
El primer sol, la primera era, el primer mundo que existió, duró 676 años, que resulta del producto de 13 por 52 (13 x 52 = 676).
El segundo duró 364 años, que resulta del producto de 13 por 28 (13 x 28 = 364) o también 52 por 7 (52 x 7 = 364).
El tercero duró 312, que resulta de multiplicar 13 por 24 (13 x 24 = 312) o 52 por 6 (52 x 6).
Y el cuarto duró 676 años, otra vez: 13 por 52.
Para los aztecas, el mundo estaba en continuo riesgo de ser destruido y que la única manera de impedirlo era aceitarlo con sangre. Y de este modo, practicaban aquellos sacrificios humanos tan famosos.
Los dioses japoneses eran mortales, lo cual implicaba que el mundo era tan endeble que ni siquiera los dioses se salvan de la muerte.
Los dioses nórdicos también pensaban algo parecido. Recuérdese que su destrucción, su ocaso, está previsto para el día del Ragnarrok. Allí habrá 3 terribles inviernos sin veranos, las estrellas cayendo de los cielos, la ruptura de todas las ligaduras. Cuando se avecine el fin del mundo de los nórdicos, todas las ataduras desaparecerán o se desatarán. Esto tiene un valor metafórico impresionante: la sociedad humana está hecha de ligaduras.
Los árabes también tenían una idea aproximada a la de los cristianos con respecto a la duración del mundo, y hablaban de una jornada final del mundo donde iban a ocurrir cosas muy impresionantes, en donde las cosas se iban a poner muy difíciles para los infieles y fáciles para los creyentes. Mahoma estaba contando todo esto y contó que todos iban a estar desnudos en un campo, y una de sus mujeres que estaba oyendo el relato, se detuvo en ese detalle: el hecho que estuvieran todos desnudos; y con una inocencia cotidiana, al oír que todos iban a estar desnudos, se conmovió y se ruborizó y conturbó. Es un episodio extraordinario.
Hay fines del mundo que no son serios, que hablan de que viene una catástrofe, pero que después todos resucitan y surge un mundo nuevo. Posiblemente sean agregados tardíos en algunas culturas.
Pero podemos creer que el mundo termina muchas veces. En nuestra pequeña vida, podría pensarse que hay sucesos que se parecen mucho al fin del mundo, sucesos terribles de nuestra vida: cada ser querido que muere es el fin del mundo, cada amor que muere es el fin del mundo. Es patente el indicio del Ragnarrok: ¿qué es lo que pasa antes del fin del mundo? Lo que estaba atado se desata. Ese es un verdadero indicio, y cuando uno transita por un súbito desamor, siente que el mundo va a terminar pronto; se rompen las ligaduras y viene la ausencia; alguien le dice a Usted: “No nos veremos más”… y termina el mundo. Ni más ni menos que eso es el fin del mundo.
Finalmente, algunos piensan que no hay fin del mundo y que el mundo es un sueño, que no somos sino un sueño, y entonces a lo sumo habrá despertares, pero de ningún modo destrucción porque los sueños no se destruyen sino que terminan o son reemplazados por otros.•

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